Hace pocos días, una amiga
compartió conmigo en facebook esta fotografía que había visto en la red de mi
participación en el Maratón de Dublín.
Sí, ya sé que en uno de mis
primeras entradas de esta bitácora decía que no había practicado deporte
alguno. Y es así… pero siempre hay un momento para que uno haga “sus pinitos”.
Acaban de cumplirse once años de
aquella Aventura. Sí, aventura con mayúsculas; porque no fue participar en un
evento deportivo sin más, sino una aventura de 32 abulenses con unos ideales que
quisimos demostrar que cualquier cosa es posible con la solidaridad como meta.
Comenzamos a principios de 2001
algo más de una treintena de abulenses. Amigos, conocidos, compañeros… de
distintas edades, profesiones e incluso gustos. Pero todos con una idea clara:
realizar una acción con la que obtener fondos para los más necesitados.
Alguien habló de un evento
deportivo que se celebraba en la capital irlandesa: el ‘Adidas Dublin
Marathon’. Una prueba deportiva al uso en la que, además de atletas maratonianos participaban
miles de personas de todo el mundo que corrían o caminaban esos 42 kilómetros para
recaudar fondos destinados a distintas causas solidarias, de ahí que se le
conociera como el Maratón de la Amistad.
Si otros lo hacían, ¿por qué no nosotros?. Así
que manos a la obra.
Lo primero fue crear una
asociación que sirviera de soporte para nuestra acción, a la que llamamos
Asociación Expedición Solidaria Ávila-Dublín 2001. Todos fuimos parte activa en
la asociación trabajando, cada uno en la medida de sus posibilidades y
conocimientos, para que la misma y nuestro proyecto fuera una realidad: hay
quien se encargó de su gestión, otros de sus cuentas, de la búsqueda de
proyectos, de las relaciones públicas…
De la docena de proyectos que nos
llegaron, elegimos tres internacionales que nos parecieron interesantes: La
adquisición de cocinas de gas destinada a la equipación de colegios, escuelas
nacionales y dispensarios médicos en campamentos de refugiados de Tinduf
(Argelia), la instalación de energía solar en el centro de acogida de las
hermanas Siervas de María para la atención a la población, en Teté (Mozambique)
y la creación de un fondo para operaciones quirúrgicas en la región peruana de
Piura.
Fueron meses de trabajo callado,
de presentación del proyecto a instituciones abulenses, a entidades, a empresas
y a particulares, a la vez que de preparación física y personal para participar
en la cita deportiva.
La empresa era difícil y más en
una ciudad con tan pocos habitantes como Ávila, pero poco a poco las
aportaciones que íbamos recibiendo iban creciendo y cada día que iba pasando
estábamos más orgullosos de la solidaridad de los abulenses.
Y llegó el día de partir hacia
Dubín. Era finales de octubre. La equipación que llevábamos y el viaje salió de
nuestros bolsillos; no queríamos tocar aquello que habíamos recibido. Sí,
equipación, pues íbamos “uniformados” como si de la selección española que iba
a competir a Dublín se tratara. Esa era la sensación que teníamos en Barajas
antes de partir. Teníamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de cientos
de personas que confiaban en nuestro proyecto.
Completar el recorrido del
maratón era nuestro reto, pero teníamos un handicap, y es que de los 32
expedicionarios, los que habían corrido una prueba de este tipo podían contarse
con los dedos de una mano y sobraban dedos. Y no sólo eso; los que estaban
acostumbrados a correr o participar en pruebas atléticas no pasaban de la
decena. Y yo, por supuesto, no me encontraba entre ellos. Por ello fui uno de
la mitad de los ‘expedicionarios solidarios’ que estaba dispuesto a realizar la
prueba andando, como otros miles de personas.
Cuando llegamos a Dublín, dos días
antes de la prueba, el ambiente que había en la ciudad era ya espectacular, con
gente de muchos países, lenguas y culturas. Pero fue el día antes del maratón
cuando este ambiente se hizo especial, en gran parte gracias al Desayuno
Internacional que ofreció la ciudad a más de dos mil corredores que íbamos a
participar. Un breve entrenamiento de varios kilómetros y un dulce y humeante desayuno
en un pabellón con música irlandesa en directo fue uno de los momentos más mágicos
de nuestra aventura. Allí intercambiamos camisetas, obsequios y amistad con
gentes venidas de medio mundo.
Y por fin llegó el día.
Madrugamos. Estábamos muy
temprano en las inmediaciones de O’Connell street con nuestros preparativos,
junto a todos los corredores. A las nueve de la mañana se daba el pistoletazo
de salida del Adidas Dublín Marathon 2001 y nosotros, junto a otros once mil aventureros,
iniciábamos la prueba, cada uno con sus intenciones y la mente puesta en sus
metas. Poco a poco, a medida que íbamos pasando por ese Dublín georgiano, íbamos
cogiendo nuestros ritmos y haciendo los grupos.
Recuerdo que casi desde el
principio Javi Blázquez y yo hicimos grupo junto a nuestras parejas y otros de la asociación, a los que
poco a poco fuimos dejando atrás en nuestro rápido caminar. Andamos los dos
juntos durante kilómetros y kilómetros, contándonos nuestras cosas y animándonos
mutuamente. Recuerdo también a la gente, en los lados de la calle, animando a
todos, ofreciendo bebidas y productos a los corredores, en un ambiente festivo
total.
Me sonrío ahora al recordar cómo
hacia la mitad de la prueba me llamaron por teléfono desde Ser Ávila (sí,
participaba en el maratón con el móvil en el bolsillo y encendido…) para
entrevistarme en directo, pues nuestra aventura había despertado el interés de Ávila.
No es extraño que me llamaran, pues era yo el responsable de comunicación de la
asociación.
Así seguimos, un kilómetro tras
otro, adelantando participantes y siendo adelantado por otros. A falta de tres
kilómetros, Javi me dijo que continuara, que él necesitaba bajar el ritmo. Después de más de seis horas y media de recorrido, cruzaba la línea de meta.
Todos lo conseguimos. Los 32
expedicionarios solidarios conseguimos completar la prueba. Unos, los más rápidos,
en 3:04:03 y otros, los últimos de nuestro grupo, en 8:01:10. Estábamos pletóricos.
A pesar de la distancia y el cansancio, el pensamiento de nuestro objetivo
solidario nos dio fuerzas para llegar al final.
Pero no sería el último gran
momento que viviríamos en Dublín. No. Aún nos quedaba otro. Al día siguiente,
antes de partir hacia nuestro país, fuimos recibidos todos nosotros en la
Embajada de España en Dublín. Éramos el único “equipo español” en participar en
el maratón, y además lo hacíamos con una noble causa. Intercambio de obsequios
con el vice-embajador, un ágape que nos supo a manjares de dioses y foto
oficial. Nos sentíamos como héroes, en ese pequeño pedazo de nuestro país en
tierras irlandesas.
A la vuelta hicimos recuento de
lo recaudado: ¡Seis millones y medio de pesetas! Sí, pesetas. Aún no había
llegado el euro a nuestros bolsillos. (Ahora diríamos más de 39.000 euros)
Un mes después, en un acto público
en un auditorio de la ciudad, repartíamos todo lo recaudado y hacíamos entrega
de las cantidades necesarias para llevar a cabo los tres proyectos propuestos a
representantes de instituciones que iban a llevar a cabo los mismos,
demostrando así la solidaridad de Ávila y su gente.
¿Mi tiempo en el maratón?. Tal
vez eso sea lo menos importante, pero ahí va: 6:43:58, siendo el 2001º de mi
categoría. Una marca personal que aún no he tenido oportunidad de mejorar…