El pasado domingo tuvimos la suerte de disfrutar del espectáculo Kooza, del Circo del Sol en Madrid.
Es cierto que hace ya bastantes años había ido a ver una
función de este circo internacional a Madrid y recuerdo haber quedado
maravillado. Alguna de las habituales de este mi cuaderno de bitácora lo
recordará…
Ahora estaba de nuevo en Madrid y las expectativas parecían
buenas. Los Reyes Magos, que saben que estas cosas nos gustan en familia, se
dignaron a ‘regalarnos’ unas entradas para la función del pasado día 24. Han
sido casi tres meses de espera, que ha valido la pena.
Llegamos pronto, eso sí, después de descansar de la procesión
de La Borriquilla. Lo cierto es que la primera impresión del circo, lo
confieso, me decepcionó. Atrás quedaba la impresión de aquellas carpas
inmaculadas situados hace años junto al Estadio Vicente Calderón, que mostraban
su esplendor y belleza desde lejos. En esta ocasión no. Se encontraban
escondidas en una pequeña vaguada, entre pinos, en uno de los extremos de la
Casa de Campo madrileña, en el denominado espacio Escenario Puerta del Ángel,
muy cercano al tristemente famoso Madrid Arena.
Tal vez eso formase parte de la magia de este circo, porque
una vez pasas la primera valla para entrar en el recinto del circo, todo
comienza a parecer distinto y, a medida que bajas la rampa hacia la entrada de
las carpas, estas se van descubriendo con su potente y deslumbrante majestuosidad.
Entrar bajo la primera de las carpas es entrar en otro mundo…
y eso que es sólo la carpa de recepción donde se encuentra la zona de cafetería
y merchandising. Kooza y el Circo del Sol lo envuelven todo y, a partir de ese
momento, el tiempo pasa a un segundo o un tercer plano. Y si impresionante es
ese momento, no menos lo es cuando te encuentras bajo la Gran Carpa, incluso
antes de que el espectáculo comience.
Kooza es diversión, es asombro, es admiración, es belleza,
es temor, es emoción. Es, en definitiva, arte con letras mayúsculas. Más de dos
horas y media de espectáculo en el que todo está sincronizado con una precisión
suiza. Donde nada se deja al azar haciendo que parezca la más absoluta
improvisiación. Un hilo conductor aparentemente sencillo, con un humor inteligente
y una profesionalidad absoluta consiguen un espectáculo más que sobresaliente.
Números de equilibrio, de habilidad, de riesgo, de emoción. Y
todos ellos cargados de una enorme belleza y plasticidad. ¿Destacar alguno? Difícil
elección, al menos para mí. Tal vez el dúo del monociclo, por el enfoque que
dan a este número con coregrafía, equilibro, acrobacia y fuerza física. Y por
qué no también la impresionante rueda de la muerte que hacen girar a gran
velocidad los dos artistas evolucionando tanto en el interior como en el
exterior de las ruedas, mientras al público se le sale el corazón.

Pero no menos impresionante fueron los equilibrios de los
Charivaris o el equilibrio sobre sillas, los números de contorsionismo y de fuerza
y equilibrio; o los de alambre alto, el trapecio o las básculas.
Pero sin duda, el humor de ‘El rey’, ‘los bufones’, el ‘carterista’
e ‘Innocent”, personajes cómicos que sirven de hilo conductor a todo el espectáculo, brilló por su inteligencia y su locuacidad. Antonio disfrutó con ellos.
Kooza es, sin duda un espectáculo recomendable y saludable
que bien merece la pena.



