lunes, 26 de noviembre de 2012

42 kilómetros solidarios



Hace pocos días, una amiga compartió conmigo en facebook esta fotografía que había visto en la red de mi participación en el Maratón de Dublín.
Sí, ya sé que en uno de mis primeras entradas de esta bitácora decía que no había practicado deporte alguno. Y es así… pero siempre hay un momento para que uno haga “sus pinitos”.

Acaban de cumplirse once años de aquella Aventura. Sí, aventura con mayúsculas; porque no fue participar en un evento deportivo sin más, sino una aventura de 32 abulenses con unos ideales que quisimos demostrar que cualquier cosa es posible con la solidaridad como meta.
Comenzamos a principios de 2001 algo más de una treintena de abulenses. Amigos, conocidos, compañeros… de distintas edades, profesiones e incluso gustos. Pero todos con una idea clara: realizar una acción con la que obtener fondos para los más necesitados.
Alguien habló de un evento deportivo que se celebraba en la capital irlandesa: el ‘Adidas Dublin Marathon’. Una prueba deportiva al uso en la que, además de atletas maratonianos participaban miles de personas de todo el mundo que corrían o caminaban esos 42 kilómetros para recaudar fondos destinados a distintas causas solidarias, de ahí que se le conociera como el Maratón de la Amistad.
Si otros lo hacían, ¿por qué no nosotros?. Así que manos a la obra.

Lo primero fue crear una asociación que sirviera de soporte para nuestra acción, a la que llamamos Asociación Expedición Solidaria Ávila-Dublín 2001. Todos fuimos parte activa en la asociación trabajando, cada uno en la medida de sus posibilidades y conocimientos, para que la misma y nuestro proyecto fuera una realidad: hay quien se encargó de su gestión, otros de sus cuentas, de la búsqueda de proyectos, de las relaciones públicas…
De la docena de proyectos que nos llegaron, elegimos tres internacionales que nos parecieron interesantes: La adquisición de cocinas de gas destinada a la equipación de colegios, escuelas nacionales y dispensarios médicos en campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia), la instalación de energía solar en el centro de acogida de las hermanas Siervas de María para la atención a la población, en Teté (Mozambique) y la creación de un fondo para operaciones quirúrgicas en la región peruana de Piura.
Fueron meses de trabajo callado, de presentación del proyecto a instituciones abulenses, a entidades, a empresas y a particulares, a la vez que de preparación física y personal para participar en la cita deportiva.
La empresa era difícil y más en una ciudad con tan pocos habitantes como Ávila, pero poco a poco las aportaciones que íbamos recibiendo iban creciendo y cada día que iba pasando estábamos más orgullosos de la solidaridad de los abulenses.

Y llegó el día de partir hacia Dubín. Era finales de octubre. La equipación que llevábamos y el viaje salió de nuestros bolsillos; no queríamos tocar aquello que habíamos recibido. Sí, equipación, pues íbamos “uniformados” como si de la selección española que iba a competir a Dublín se tratara. Esa era la sensación que teníamos en Barajas antes de partir. Teníamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de cientos de personas que confiaban en nuestro proyecto.

Completar el recorrido del maratón era nuestro reto, pero teníamos un handicap, y es que de los 32 expedicionarios, los que habían corrido una prueba de este tipo podían contarse con los dedos de una mano y sobraban dedos. Y no sólo eso; los que estaban acostumbrados a correr o participar en pruebas atléticas no pasaban de la decena. Y yo, por supuesto, no me encontraba entre ellos. Por ello fui uno de la mitad de los ‘expedicionarios solidarios’ que estaba dispuesto a realizar la prueba andando, como otros miles de personas.
Cuando llegamos a Dublín, dos días antes de la prueba, el ambiente que había en la ciudad era ya espectacular, con gente de muchos países, lenguas y culturas. Pero fue el día antes del maratón cuando este ambiente se hizo especial, en gran parte gracias al Desayuno Internacional que ofreció la ciudad a más de dos mil corredores que íbamos a participar. Un breve entrenamiento de varios kilómetros y un dulce y humeante desayuno en un pabellón con música irlandesa en directo fue uno de los momentos más mágicos de nuestra aventura. Allí intercambiamos camisetas, obsequios y amistad con gentes venidas de medio mundo.


Y por fin llegó el día.
Madrugamos. Estábamos muy temprano en las inmediaciones de O’Connell street con nuestros preparativos, junto a todos los corredores. A las nueve de la mañana se daba el pistoletazo de salida del Adidas Dublín Marathon 2001 y nosotros, junto a otros once mil aventureros, iniciábamos la prueba, cada uno con sus intenciones y la mente puesta en sus metas. Poco a poco, a medida que íbamos pasando por ese Dublín georgiano, íbamos cogiendo nuestros ritmos y haciendo los grupos.
Recuerdo que casi desde el principio Javi Blázquez y yo hicimos grupo junto a nuestras parejas y otros de la asociación, a los que poco a poco fuimos dejando atrás en nuestro rápido caminar. Andamos los dos juntos durante kilómetros y kilómetros, contándonos nuestras cosas y animándonos mutuamente. Recuerdo también a la gente, en los lados de la calle, animando a todos, ofreciendo bebidas y productos a los corredores, en un ambiente festivo total.
Me sonrío ahora al recordar cómo hacia la mitad de la prueba me llamaron por teléfono desde Ser Ávila (sí, participaba en el maratón con el móvil en el bolsillo y encendido…) para entrevistarme en directo, pues nuestra aventura había despertado el interés de Ávila. No es extraño que me llamaran, pues era yo el responsable de comunicación de la asociación.
Así seguimos, un kilómetro tras otro, adelantando participantes y siendo adelantado por otros. A falta de tres kilómetros, Javi me dijo que continuara, que él necesitaba bajar el ritmo. Después de más de seis horas y media de recorrido, cruzaba la línea de meta.
Todos lo conseguimos. Los 32 expedicionarios solidarios conseguimos completar la prueba. Unos, los más rápidos, en 3:04:03 y otros, los últimos de nuestro grupo, en 8:01:10. Estábamos pletóricos. A pesar de la distancia y el cansancio, el pensamiento de nuestro objetivo solidario nos dio fuerzas para llegar al final.


Pero no sería el último gran momento que viviríamos en Dublín. No. Aún nos quedaba otro. Al día siguiente, antes de partir hacia nuestro país, fuimos recibidos todos nosotros en la Embajada de España en Dublín. Éramos el único “equipo español” en participar en el maratón, y además lo hacíamos con una noble causa. Intercambio de obsequios con el vice-embajador, un ágape que nos supo a manjares de dioses y foto oficial. Nos sentíamos como héroes, en ese pequeño pedazo de nuestro país en tierras irlandesas.
A la vuelta hicimos recuento de lo recaudado: ¡Seis millones y medio de pesetas! Sí, pesetas. Aún no había llegado el euro a nuestros bolsillos. (Ahora diríamos más de 39.000 euros)
Un mes después, en un acto público en un auditorio de la ciudad, repartíamos todo lo recaudado y hacíamos entrega de las cantidades necesarias para llevar a cabo los tres proyectos propuestos a representantes de instituciones que iban a llevar a cabo los mismos, demostrando así la solidaridad de Ávila y su gente.

¿Mi tiempo en el maratón?. Tal vez eso sea lo menos importante, pero ahí va: 6:43:58, siendo el 2001º de mi categoría. Una marca personal que aún no he tenido oportunidad de mejorar…

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