El pasado domingo, el club Vettonia Hockey comenzó su
participación en la Liga de Hockey de Castilla y León, y lo hizo desplazándose
hasta la ciudad de Soria. Hasta allí fuimos acompañando a nuestro hijo, pero
esta vez en autobús fletado por el propio club. Y es que, a diferencia de la
liga madrileña, en esta liga el día de partido juegan en la misma ciudad todas
las categorías de cada club.
Las intenciones, como siempre, eran buenas, pero finalmente
llegamos más tarde de lo previsto, con el tiempo justo para que el equipo de
Prebenjamines A, en el que juega mi hijo, comenzara el partido. Carreras, como
siempre, para llegar al vestuario, preparar la equitación, ponerse los patines,
sacar la bola y el stick… y a la pista a conocer al rival, el Laguna Negra de
Soria.
Partido reñido con animación en las pequeñas gradas de la
pista por parte de las dos aficiones. Vamos por los padres y las madres de los
jugadores de ambos equipos que coreábamos las jugadas y las intervenciones de
los patinadores de uno y otro bando.
Finalmente una rotunda victoria de 3-0 a favor del Vettonia Hockey.
Fue el anticipo de lo que la mañana iba a deparar, pues finalmente el equipo
abulense consiguió la victoria en todas las categorías, con abultados parciales
en algunos casos como en la categoría infantil, o por la mínima, como ocurrió
con otro de los partidos.
Pero para mí viajar a Soria ese día era algo más que asistir
a los partidos de hockey. Era una excusa más para volver a Soria.
Soria me fascina. Cuando la conocí por primera vez, hace
ahora veinte años, me cautivó. Su sosiego, sus calles, sus rincones, su gente….
En esa época, por motivos laborales, tuve que volver con
asiduidad, y cada vez que viajaba allí más me gustaba.
No había vuelto a Soria hasta el pasado año, y al llegar me
reencontré con la misma ciudad, el mismo ambiente y la misma calidez. Viví allí
durante cuatro meses, tomando el pulso de la ciudad, conociendo gente, haciendo
nuevas amistades, retomando otras antiguas…
El domingo me volví a reencontrar con Soria. Recorrí la
Alameda de Cervantes –La Dehesa como les gusta llamarla a los sorianos-
escuchando el sonido de las hojas caídas en sus paseos al pisar sobre ellas y
disfrutando de la gama de colores del otoño. Pasee por el Collado -auténtica
arteria de vida de la ciudad- y por su Plaza Mayor. Volví a degustar esos
torreznos sorianos y esos manjares culinarios en forma de tapas en la Plaza de
Herradores. Pero sobre todo disfruté compartiendo vivencias y amistad con
amigos de la ciudad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario