Esta semana, la noticia de una mujer belga que recorrió 1.450 kilómetros por un error en su navegador ha corrido como la pólvora por medios de comunicación europeos y por las redes sociales. La buena mujer quería ir a recoger a la novia de su hijo a la Estación Norte de Bruselas, a 32 kilómetros de su casa, puso el navegador y... terminó en Zagreb, recorriendo Bélgica, Alemania y Croacia.
Parece una historia sacada de los chistes de Gila, pero es cierta. La realidad supera muchas veces la ficción.
La cuestión es que las nuevas tecnologías han invadido todas las facetas de nuestras vidas y nos "deshumanizan". Ya nos fiamos más de las máquinas y ponemos una fe ciega en ellas. Y así es en el caso de los viajes y los navegadores.
No puedo negar que me gusta viajar. Es una de mis aficiones más satisfactorias. Me empecé a aficionar con el viejo Kuicly. Al volante de él recorrí miles de kilómetros llegando a todos los lugares que me proponía. En la década de los noventa, cuando empecé a viajar conduciendo, era impensables todos los avances tecnológicos que tenemos ahora. Internet ni lo conocía, los GPS solo eran imaginables en las pelis de James Bond... pero, eso sí, planificaba el viaje con las posibilidades de entonces: cogía el mapa, planificaba la ruta, apuntaba los desvíos y, si era necesario, llamaba al lugar del destino para que me indicaran cómo llegar más facilmente. Y una vez puestos en carretera, rara era la vez que ya cercano al lugar paraba el coche al lado de un paisano, bajaba la ventanilla y decía la típica frase: "Perdón, ¿me pude decir como llegar a...?
Y a pesar de que la única tecnología eran los mapas en papel y nuestra intuición, pocas veces nos perdíamos.
Seguro que alguien de los habituales de este blog se acuerda de esos viajes que hacíamos.
Pero la vida evoluciona y yo soy de los que piensan que no hay que quedarse anclado y avanzar con ella, a pesar de que muchas veces vaya a más velocidad, en cuanto a avances, de lo que podemos asimilar.
Hace unos cuantos años, el regalo familiar para mi cumpleaños fue un navegador. "Una televisión pequeñita para que no te pierdas cuando vayamos de viaje" me dijo mi hijo. Ya entonces, los viajes los planificaba con internet, imprimiendo la ruta.
Desde aquel momento, comencé a "fiarme" de ese aparato (que por cierto, quedó obsoleto porque las actualizaciones de mapas de ese modelo cuestan más que un aparato nuevo) y los viajes largos a lugares desconocidos -e incluso conocidos- los hacíamos guiados por la voz de "Maripili" que nos iba indicando la ruta.
Hoy, los navegadores los llevamos en los móviles. En más de una ocasión, en los viajes que hacemos para jugar los partidos de hockey, fiados de llegar, los hemos tenido que utilizar para llegar a los lugares donde se celebraban.
Pero a pesar de ello, los navegadores, como cualquier aparato, no son infalibles y el que nos pasen casos como el de esta mujer belga no es raro.
Como sabéis, a finales de diciembre viajamos a Murcia a visitar a un amigo con nuestro flamante coche nuevo que, por cierto, lleva navegador incorporado en el panel de mandos. Hasta Murcia llegamos "por nuestros medios" pues conocíamos el camino y al llegar a la capital del Segura decidimos poner su dirección para que nos llevara. La sorpresa fue que nos llevó a una dirección que no era, alejada relativamente de Murcia. Volvimos a intentarlo... y esta vez nos condujo por un caminos de tierra a la vera del Segura... Llevábamos tres navegadores (dos en los teléfonos y uno el del coche) y éramos incapaces de dar con el lugar. Después de varios intentos, finalmente Emilio, por teléfono, nos pasó con un compañero suyo quien nos dio las indicaciones oportunas: "Continuad dirección Cartagena y cogéis la salida hacia Santo Ángel y carretera de Santa Catalina". Mano de santo... Tras hora y media dando vueltas por los alrededores de Murcia, conseguimos llegar a nuestro destino. ¿Por qué no se nos ocurriría antes volver a los métodos tradicionales y preguntar cómo llegar?
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